Resumen

1.    Tensiones corporales 

El cuerpo se caracteriza por diversas parado­jas. Una de ellas es la siguiente: si él es fuerte, sano, flexible y dinámico es, también, un cuerpo poseído por la persona que allí se encarna, pues él responde a la voluntad de ésta, a sus deseos; pero si el cuerpo es débil e insano, se impone a la voluntad de su poseyente, a quien domina, doblega y hace padecer. Ya desde la semiótica, Jacques Fontanille3 ha explicado cómo el discurso sobre el malestar aparece cuando el cuerpo se hace sentir y percibir con el peso de sus debilidades, de sus padecimientos, lo que es diferente al "no sentir el cuerpo" saludable. Aquí constatamos que esa panoplia viva de huesos, carne, fluidos y nervios es, por una parte, el soporte primero de lo que somos como existencia palpable en el mundo y, por otra parte, que la relación con el cuerpo no es insignificante: la calidad de su existencia, de la manera en que lo experimentamos y nos conducimos en él determina los valores positivos (euforia) y negativos (disforia) que construimos a la experiencia de todos los días. Así, un cuerpo constreñido, vapuleado o sometido a los impedimentos para sentirse y manifestarse en la plenitud de sus energías es el cuerpo en el que se escenifcan las infelicidades y los desencuentros con los demás. 

Sabemos, por muchos medios, que el cuerpo humano no es sólo carne viva, sino una organicidad en la que se cruzan el sentido del tiempo, del espacio, de la intersubjetividad; es el lugar dinámico donde la experiencia colectiva se suma a la individual y ambas hacen de este cuerpo un escenario de cultura. Más precisamente, se trata de una corporeidad que se constituye a la vez sobre los pilares de lo natural y lo cultural y que posibilita la compresión entre humanos. Ésta se explica por la razón según la cual todos los humanos somos semejantes corporalmente y porque todo lo que somos y hacemos (aún lo imaginable) es, antes que nada, una existencia corpórea o nace de ésta; las improntas que deja