Editorial
Educación en diversidad sexual, necesaria para la
salud y el bienestar social
Ricardo
Baruch-Domínguez*
La escuela
es un espacio fundamental para el desarrollo de estilos de vida saludables.
Higiene, nutrición, prevención de accidentes, prevención de uso de sustancias,
salud sexual y reproductiva son sólo algunos de los temas que según la
Organización Mundial de la Salud, deben estar incluidos en los programas
educativos desde el nivel básico[1].
De todos ellos, sólo la salud sexual y reproductiva resulta controversial para
algunos padres de familia y tomadores de decisión, más aún cuando va incluida
dentro de la Educación Integral en Sexualidad (EIS)
Existe
evidencia científica contundente de que la EIS es crucial para evitar embarazos
en la adolescencia, VIH y otras ITS[2], pero también violencia en el noviazgo y
violencia homofóbica[3].
Sin embargo, existe una gran oposición por parte de sectores conservadores que
se niegan a reconocer esa evidencia y se dejan llevar por ideas, tal y como
pasó en la década de los 50, cuando varios países de América Latina comenzaron
a impulsar acciones para la planificación familiar.
La
diferencia es que la oposición ahora no se centra en la salud reproductiva,
sino en la educación sobre diversidad. La inclusión de temas de diversidad
sexual en los programas educativos, ha sido recomendada por la UNESCO en el
marco de la EIS, con el fin de evitar la violencia hacia los estudiantes que
son lesbianas, gays, bisexuales, trans
e intersexuales (LGBTI) o que son percibidos como tal por sus compañeros[4]. Aproximadamente dos de cada tres
estudiantes LGBTI son víctimas de bullying o
matoneo homofóbico en las escuelas, cuya expresión va desde insultos, pasando
por los golpes y el rechazo que en ocasiones orilla al suicidio[5].
En
Colombia y en México se viven momentos en que el avance al reconocimiento a los
derechos de las personas LGBT ha empezado a permear a toda la sociedad, pero
también se viven momentos en que la oposición a los contenidos de diversidad en
las escuelas, han vuelto a poner a la EIS en el ojo del huracán. El miedo
principal es que si los niños y adolescentes aprenden
que hay diferentes formas de relacionarse afectiva y sexualmente, seguramente
se volverán homosexuales. Tan absurda resulta esa aseveración como pensar que si los niños aprenden sobre la existencia del
vegetarianismo, dejarán de comer carne.
La
homosexualidad -tanto masculina como femenina- y la transexualidad, obedecen a
una combinación de factores bio-psico-sociales
los cuales, ciertamente no se “enseñan”, tampoco se “transmiten” y mucho menos
se “curan”. Simplemente son. En este sentido, organismos internacionales como
el Alto Comisionado de los Derechos Humanos de la ONU y la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos han exigido que se respeten plenamente los
derechos de las personas LGBTI, incluyendo el derecho a la salud y a la
educación.
La
educación en diversidad sexual consiste en enseñar a los estudiantes que
existen personas que tienen una atracción erótica y afectiva hacia personas de
su mismo sexo, que estas personas merecen respeto y que sus familias, son tan
normales como las familias formadas por heterosexuales. Además, se explica que
existen personas que tienen un género que no corresponde con su sexo de
nacimiento y que merecen respeto total como cualquier otra persona. Ni más ni
menos.
Es
necesario dejar los dogmas de lado cuando se trata del bienestar de los
individuos. No estamos hablando de ideologías sino de salud pública y de
derechos humanos: la educación en diversidad es necesaria y totalmente
inofensiva, como ya lo ha documentado la UNESCO a través de experiencias
exitosas en diversas partes del mundo que van desde Holanda y Australia hasta
Tailandia y Uruguay.
La consecuencia de no actuar será que el bullying
o matoneo siga afectando a la mayoría de estudiantes LGBTI en las escuelas
y que la homofobia en otros espacios como el hogar, el trabajo y la calle se
perpetúe. La consecuencia de sí educar en la diversidad, será contar con una
sociedad más inclusiva y respetuosa, no sólo con respecto a la orientación
sexual y a la identidad de género, sino también a otros aspectos que afectan a
sectores discriminados por su origen étnico, su nivel socio-económico, su
ocupación o su estado de salud.
Una
sociedad sin discriminación es también una sociedad más sana, con menos
problemas de salud mental, con menos violencia y con mejor acceso a los
servicios de salud[6].
Por todo esto, la educación integral en sexualidad que incluya educación en
diversidad es más necesaria que nunca.