Resumen

Era la poesía como la luz del viento cuando discurre - sordo - , cuando divaga - ciega -. Símbolo puro del infinito dentro del momento y de lo efímero que dura y que perdura y que se va y que nunca llega.  

León de Greiff, Soneto, De fantasías de nubes al viento. 

Hombre y signo 

El Ser hombre (menschsein) y la presencia de éste en el mundo (dasein) es la larga historia de creaciones y conjeturas razonadas en unas cuantas metáforas y sugeridas por el influjo natural de un conocimiento de sí mismo.1 Conocimiento, no precisamente de un universo objetivo natural, sino de los propios hechos humanos que se viven, se sienten, se reconocen, se equivalen y se encuentran en un mundo que se transforma y se convierte en la plenitud de su proyecto2 que, a la vez, lo han obligado a hacer algo. Y, ¿en qué consiste ese algo?, ¿cómo es su hacer? 

Urgido por sobrevivir y experimentar, el hombre moldeó un extraño artilugio que acuñó en el signo. Imponiéndose el ejercicio de establecer una expresión con función para nombrar, asociar y reconocer una realidad mediante el empleo de un concepto, como la vergüenza con el sonrojo, la golondrina con el verano, la balanza con la justicia, la palabra con el pensamiento3, logra apartarse de la percepción bruta para crear cosas que se puedan poner en lugar de otras cosas.4 

 Así, de la necesidad óntica de conservar aquellas creaciones y sus fastos, nace el canje de ideas, el comercio simbólico, la práctica enunciativa, que se mudan en la comunicación, el pensamiento y el sentido, todos mediante la articulación que se produce en los diversos lenguajes que, en la vida cotidiana, y con soporte en la memoria, manifiestan lo que el hombre lleva dentro.